Punto de Encuentro

El precio de concebir: infertilidad, fe y desafíos de acceso en el Perú

Por Pieralí Buchelli Díaz

En el Perú, donde la maternidad aún representa uno de los pilares culturales del ideal de realización femenina y familiar, enfrentarse a la infertilidad puede convertirse en una experiencia profundamente dolorosa y solitaria. Si bien la ciencia ha avanzado notablemente en ofrecer soluciones médicas a este problema, el acceso a tratamientos de fertilidad en nuestro país sigue siendo limitado, costoso y, en muchos casos, inaccesible para la mayoría de la población. A ello se suma una tensión poco visibilizada: el conflicto espiritual que muchas parejas creyentes enfrentan al tener que decidir entre su fe y la medicina reproductiva.

Infertilidad: una realidad creciente y silenciosa

Según la Organización Mundial de la Salud, la infertilidad afecta aproximadamente al 15% de las parejas peruanas en edad fértil, lo que representa entre 1 y 1.5 millones de personas. Sin embargo, esta realidad permanece invisibilizada, rodeada de estigmas y silencios. En nuestra sociedad, donde la presión por formar una familia sigue siendo fuerte, muchas mujeres y hombres viven este diagnóstico como un fracaso íntimo, sin un acompañamiento emocional o psicológico adecuado.

A nivel médico, las causas se distribuyen de manera equitativa: un 40% se debe a factores femeninos, otro 40% a factores masculinos, y un 20% a causas mixtas o sin explicación aparente o también llamada infertilidad por causas desconocidas lo cual hace aún más difícil detectar la raíz de la infertilidad. Frente a ello, las técnicas de reproducción asistida han abierto caminos de esperanza. Pero en el Perú, estos caminos están pavimentados con barreras económicas casi insalvables.

El acceso negado: tratamientos que el bolsillo no puede pagar

Una fertilización in vitro (FIV), uno de los procedimientos más conocidos y efectivos, puede costar entre 25,000 y 35,000 soles por intento en clínicas privadas. La inseminación artificial ronda los 3,000 soles, mientras que la congelación de óvulos o embriones supera los 15,000. Considerando que el ingreso promedio mensual en Perú es de 1,589 soles, estos tratamientos están fuera del alcance del 92% de la población.

Peor aún, el sistema de salud pública no garantiza el acceso universal a estos procedimientos. Si bien el Instituto Nacional Materno Perinatal (INMP) ha implementado una Unidad de Medicina Reproductiva que ofrece tratamientos de alta complejidad, la capacidad de atención es limitada y las listas de espera largas. La infertilidad no está reconocida oficialmente como un problema de salud pública, lo que excluye a miles de mujeres y hombres del derecho a buscar soluciones.

El costo invisible: ansiedad, estigmas y dolor emocional

Más allá del costo económico, la infertilidad implica un profundo impacto emocional. Muchas personas transitan por ciclos de esperanza y frustración, rodeadas de comentarios insensibles, presión social y aislamiento. Las redes de apoyo aún son escasas, y el acceso a consejería especializada, limitado. La salud mental de quienes atraviesan estos procesos suele quedar relegada, a pesar de que el estrés, la depresión y el duelo no resuelto son comunes en estas experiencias.

Además de ello, las mujeres debemos afrontar el estigma pero también la realidad del llamado “reloj biológico”, esto debido a que en las últimas décadas hemos priorizado nuestro crecimiento profesional y laboral que muchas veces nos distrajo del objetivo de la maternidad (para quienes consideran este aspecto como realización personal), haciendo que el acceso a la misma alrededor de los 40 años o más sea un milagro al alcance de pocas, tanto por la mala o nula información recibida como por el factor económico.

Fe y fertilidad: un dilema espiritual en tierra creyente

En un país mayoritariamente católico y evangélico, muchas parejas que enfrentan la infertilidad también cargan con un conflicto espiritual. La Iglesia Católica, a través de documentos como Donum Vitae, considera inmorales las técnicas que separan la procreación del acto conyugal, como la fecundación in vitro o la donación de gametos. Varias iglesias evangélicas comparten esta postura, sobre todo cuando se involucra la destrucción de embriones o la gestación subrogada, en ambos casos entra a tallar una cuestión ética y de protección a la vida.

No obstante, dentro del cristianismo también existen voces más comprensivas, que invitan al discernimiento y a un acompañamiento compasivo. Muchas parejas creyentes viven este proceso en una zona ambigua: desean ser padres, confían en la medicina, pero se sienten culpables, confundidas o juzgadas por su comunidad de fe.

Aquí es donde la misericordia debe abrirse paso. Porque en medio del dolor de no poder concebir, nadie debería sentirse rechazado por su iglesia o por su espiritualidad. La infertilidad no es pecado ni falta de fe. Es una condición médica que merece comprensión, acompañamiento y respeto.

Como dijo el papa Francisco: “La misericordia es el nombre de Dios. No hay situación humana que quede excluida de su amor.”

Urge una política pública con enfoque humano

Es urgente que el Estado peruano reconozca la infertilidad como un problema de salud pública. Esto implica garantizar el acceso equitativo a tratamientos de fertilidad a través del sistema de salud nacional, con enfoque inclusivo, científico y ético. También es necesario promover campañas educativas que combatan el estigma y abran espacios de información responsable sobre las distintas opciones reproductivas disponibles.

En paralelo, es necesario que nuestras instituciones religiosas reflexionen pastoralmente sobre este tema. Acompañar a quien sufre, acoger sin juzgar, escuchar sin imponer, son formas de ejercer una fe viva y coherente con el dolor humano.

Para cerrar

Concebir no debería ser un privilegio económico, ni una culpa moral, ni una cruz solitaria. Concebir —en cualquiera de sus formas— debería ser un derecho acompañado por el Estado, una experiencia acogida por la sociedad y una búsqueda legítima de amor y plenitud. Las parejas que enfrentan la infertilidad no necesitan barreras ni juicios: necesitan caminos, acompañamiento y, sobre todo, esperanza.

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